martes, 27 de marzo de 2012

“Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo y habitó entre nosotros”


Por Edilberto J. Antonio Texcahua, nsj

¡Qué tal! Mi nombre es Edilberto Jaime, novicio de segundo año. Quiero compartir con ustedes lo que he visto y oído en la experiencia de peregrinación que realicé con los campesinos cortadores de chile jalapeño del Rancho “Los Amaya” en Santiago Ixcuintla, al norte del estado de Nayarit. No fui solo sino en compañía de Bernardino, compañero de generación.
De camino, ya a punto de llegar al destino, veía por la ventanilla del autobús y una incertidumbre se apoderaba de mí: qué iba a pasar, cómo será la gente, podré con el trabajo…, preguntas de este estilo nadaban en mi mente, pero también flotaba una esperanza. Tenía clara la finalidad: ser puesto con el Hijo para ser confirmado en el estado de vida que elegí en Ejercicios Espirituales.

Llegamos a Santiago donde nos recibió el ingeniero Chilo, quien había sido el contacto para esta aventura. Nos llevó al rancho donde permaneceríamos los tres meses siguientes. Ahí se encontraban los plantíos de chile y también los cuartitos donde la gente vivía. Eran aproximadamente unas 30 familias las que ahí habitaban, pero nosotros convivimos en una vivienda con sólo cinco familias. Lo que separaba a un cuarto de otro eran unas láminas de zinc, lo cual permitía escuchar todo lo sucedido en los demás cuartos.
Nos recibió don Andrés, quien era caporal de una de las  cuadrillas donde nos integraríamos al trabajo. Él, junto con su familia (hijos, yernos y familiares cercanos), serían nuestros vecinos más allegados y con los que pasaríamos la mayor parte del tiempo. Cuando llegamos nos dijo: “Aquí todos somos familias que vivimos bajo el mismo techo”, palabras que ahora me dicen mucho. Con el paso del tiempo lo entendí.
Un hecho que marcó mi experiencia fue en el primer día del corte. Empezamos a las nueve de la mañana, después de una charla que nos dio el dueño del rancho. La “tarea” era llenar 30 cubetas de chile hasta las cuatro de la tarde, entre mí dije: ¡va a estar fácil! Llegó el medio día y sólo llevaba 14 cubetas, mientras muchos se retiraban ya a su casa. Por dentro sentí una fuerte impotencia porque no avanzaba y ya era de los últimos. Vi a un niño que ayudaba a su papá y en mi interior deseaba tener a mi padre a mi lado. Pedía a Dios fuerza para seguir adelante y no desanimar. Por la tarde don Andrés nos avisó que limpiaríamos plantas de chile, ya que vio que no la hicimos en el corte. Me sentí derrotado. Doña Jerónima, esposa de don Andrés, nos daba ánimos diciendo que pronto regresaríamos, que tuviéramos fe, al mismo tiempo le decía a su esposo que nos dieran otra oportunidad. A la mañana siguiente faltó mucha gente y el caporal fue por nosotros. ¡Volvíamos, Dios nos daba otra oportunidad!
Días después, ya entrados en el corte y en la vida cotidiana, comencé a ver a la gente. Comencé a contemplar a Dios encarnándose en medio de su pueblo.
Un 16 de febrero me llenaba de alegría al ver al hijo recién nacido de Alma, la hija de don Andrés. El mismo sentimiento se esparció por todo el rancho. No faltaron las visitas que llevaban atole o algunos regalos al recién nacido. Una buena reanimación de lo que pasó en Belem hace más de dos mil años. Sí, pues la gente que ahí trabaja son extranjeros en tierras lejanas, todos provienen de la sierra sur del Estado de Nayarit, que salen en busca de trabajo. Jesús había nacido otra vez en medio de los pobres y extranjeros. ¿Qué será de ese bebé cuando crezca? Me preguntaba.
La realidad en la que nace esta nueva creatura de Dios no es nada diferente a la de Jesús. Hay injusticia en ella: el pago por el trabajo es bajísimo, las condiciones de higiene son deplorables y el hecho de que son de la sierra hace que sufran, en cierta medida, discriminación. Y ahí es donde Dios quiso ponerme, delante de lo frágil, lo insalubre y lo injusto para descubrir cómo viene su Hijo al mundo para morir en cruz y resucitar entre la gente sencilla.
Confirmo dicha fe al ver a las Marías de hoy. Ellas, las mujeres, son las que trabajan el doble dentro de la vida cotidiana del rancho. Se levantan a las cuatro o cinco de la mañana a lavar la ropa de los niños y del marido; preparan el desayuno y dan de comer a los niños más pequeños; a las ocho ya están listas para cortar chile; salen, una vez terminada la tarea, para preparar la comida, pues el marido tiene hambre; por la tarde, algunas regresan a trabajar, ya sea en la selección del chile para echarlo a las arpillas o limpiando semillas de jícama que siembran en huertos fuera del rancho. Por la noche, preparan la cena, bañan a los niños y terminan de hacer quehaceres del hogar. “Pero a eso hemos venido, a trabajar”, me decía doña Elena cuando me contaba lo duro que ha sido la vida para ella y para su familia, con sus ojos llenos de una historia y con la esperanza de ver crecer a sus hijos. Ellas son las nuevas Marías.
Por las noches, después de la cena, nos sentábamos a contar nuestras historias: por qué Bernardino y yo estábamos subidos en esta barca de la vocación religiosa, cómo era el lugar de donde proveníamos… Mientras ellos nos contaban sus problemas, sus sueños, sus expectativas, sus experiencias. También compartíamos algunos chistes o cuentos que hacían la vida más amena, mientras nuestros cuerpos se reponían del cansancio, producto del trabajo. Así se iba tejiendo la amistad y ahí descubrí la presencia del Reino. Porque, cuando por fin volteaba a ver al otro y descubría que eran mis hermanos y hermanas, comprendía las palabras de don Andrés: “Aquí todos somos familia”, y eso es precisamente lo que Dios quiere de nosotros, que seamos familia, que compartamos con el otro y la otra, lo que somos y tenemos.
No voy a negar las noches que me sentía solo, extrañando a mis demás compañeros, preguntándome si la vida religiosa en la Compañía de Jesús sería para mí, en una tierra de peregrinos, que como José y María en Belem, sufren en una realidad aparentemente desolada por la injusticia y pobreza, la cual es provocada por la estructura económica imperante… En fin, sintiendo en lo más profundo de mi ser la vulnerabilidad, lo frágil que soy, con todo y mis dinámicas de pecado y desintegración, haciendo contacto con la herida que llevo desde el día de mi nacimiento. Pero en todo este contexto social e interno, asomaba una buena noticia, la cual se me presentó en medio de un sueño: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo y habitó entre nosotros”. Esa es la alegría de todo cristiano y que es la confirmación del Padre al ponerme delante de su Hijo Jesús, en la persona del bebé de Alma. A ese Jesús, pobre, humilde, y además frágil y vulnerable, es a quien quiero amar y seguir.
naba de alegría al ver al hijo recién nacido de Alma, la hija de don Andrés. El mismo sentimiento se esparció por todo el rancho. No faltaron las visitas que llevaban atole o algunos regalos al recién nacido. Una buena reanimación de lo que pasó en Belem hace más de dos mil años. Sí, pues la gente que ahí trabaja son extranjeros en tierras lejanas, todos provienen de la sierra sur del Estado de Nayarit, que salen en busca de trabajo. Jesús había nacido otra vez en medio de los pobres y extranjeros. ¿Qué será de ese bebé cuando crezca? Me preguntaba.
La realidad en la que nace esta nueva creatura de Dios no es nada diferente a la de Jesús. Hay injusticia en ella: el pago por el trabajo es bajísimo, las condiciones de higiene son deplorables y el hecho de que son de la sierra hace que sufran, en cierta medida, discriminación. Y ahí es donde Dios quiso ponerme, delante de lo frágil, lo insalubre y lo injusto para descubrir cómo viene su Hijo al mundo para morir en cruz y resucitar entre la gente sencilla.
Confirmo dicha fe al ver a las Marías de hoy. Ellas, las mujeres, son las que trabajan el doble dentro de la vida cotidiana del rancho. Se levantan a las cuatro o cinco de la mañana a lavar la ropa de los niños y del marido; preparan el desayuno y dan de comer a los niños más pequeños; a las ocho ya están listas para cortar chile; salen, una vez terminada la tarea, para preparar la comida, pues el marido tiene hambre; por la tarde, algunas regresan a trabajar, ya sea en la selección del chile para echarlo a las arpillas o limpiando semillas de jícama que siembran en huertos fuera del rancho. Por la noche, preparan la cena, bañan a los niños y terminan de hacer quehaceres del hogar. “Pero a eso hemos venido, a trabajar”, me decía doña Elena cuando me contaba lo duro que ha sido la vida para ella y para su familia, con sus ojos llenos de una historia y con la esperanza de ver crecer a sus hijos. Ellas son las nuevas Marías.
Por las noches, después de la cena, nos sentábamos a contar nuestras historias: por qué Bernardino y yo estábamos subidos en esta barca de la vocación religiosa, cómo era el lugar de donde proveníamos… Mientras ellos nos contaban sus problemas, sus sueños, sus expectativas, sus experiencias. También compartíamos algunos chistes o cuentos que hacían la vida más amena, mientras nuestros cuerpos se reponían del cansancio, producto del trabajo. Así se iba tejiendo la amistad y ahí descubrí la presencia del Reino. Porque, cuando por fin volteaba a ver al otro y descubría que eran mis hermanos y hermanas, comprendía las palabras de don Andrés: “Aquí todos somos familia”, y eso es precisamente lo que Dios quiere de nosotros, que seamos familia, que compartamos con el otro y la otra, lo que somos y tenemos.
No voy a negar las noches que me sentía solo, extrañando a mis demás compañeros, preguntándome si la vida religiosa en la Compañía de Jesús sería para mí, en una tierra de peregrinos, que como José y María en Belem, sufren en una realidad aparentemente desolada por la injusticia y pobreza, la cual es provocada por la estructura económica imperante… En fin, sintiendo en lo más profundo de mi ser la vulnerabilidad, lo frágil que soy, con todo y mis dinámicas de pecado y desintegración, haciendo contacto con la herida que llevo desde el día de mi nacimiento. Pero en todo este contexto social e interno, asomaba una buena noticia, la cual se me presentó en medio de un sueño: “Jesús, el Hijo de Dios, vino al mundo y habitó entre nosotros”. Esa es la alegría de todo cristiano y que es la confirmación del Padre al ponerme delante de su Hijo Jesús, en la persona del bebé de Alma. A ese Jesús, pobre, humilde, y además frágil y vulnerable, es a quien quiero amar y seguir.

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